El trágico 11 de septiembre
de 2001, Ian Thorpe se encontraba en Nueva York para asistir a un desfile de Giorgio Armani que posteriormente sería anulado. El australiano
siempre fue una persona vinculada al mundo de la moda, siendo imagen del famoso
diseñador italiano. Acostumbrado a levantarse temprano, el “Torpedo” había llegado a los pies de una de las torres, con la intención de subir al
mirador de la misma, como cualquier otro turista que en esa época visitaba la
“capital del mundo”. En ese momento, un pensamiento, un deseo, un capricho,
haría que volviese a nacer. Su idea de tomar fotos desde lo alto del lugar, le
enviaría de regreso al hotel donde se hospedaba para recoger su cámara. Una vez
allí, otra casualidad hizo que permaneciese en la habitación mientras sucedía
la fatalidad que acabaría con la vida de millares de neoyorkinos: la esposa de
su mánager, al conocer las intenciones de Ian, decidió sumarse a la visita. El
deportista encendería entonces la televisión, en lo que esperaba a que su
acompañante se arreglase. Minutos después, y mientras observaba la pantalla y hablaba simultáneamente por teléfono, contemplaría la noticia y vería al
segundo de los aviones estrellarse en el World Trade Center. La providencia
hizo que, por cuestión de veinte minutos, antes o después, el nadador no se
encontrase en el lugar de la tragedia mientras ésta tenía lugar. El ganador a
principios de ese mismo curso de 6 oros en los mundiales de Japón y que apenas
contaba con 18 años por entonces, tuvo la suerte que otros no tendrían. Y
el mundo, no solo el deportivo, habría perdido a una gran persona, pues Ian
Thorpe tiene fundación para niños enfermos, patrocina un orfanato en China, es
colaborador de una ONG que trabaja para mejorar las condiciones de vida de los
aborígenes de Australia y ha sido un hombre comprometido con su comunidad y
el globo.
El australiano se
retiraría cinco años después, con un palmarés impresionante: 5 oros en los
Juegos Olímpicos (2 de 400 m libres, 1 en 200 metros libres, 1 en 4×100 y otro
en 4×200), 3 platas y 1 bronce, además de otros 36 oros (17 en Campeonatos del mundo, 10 en
Juegos de la Commonwealth y 9 en Juegos del Pacífico), varias platas y algunos
bronces; a los que hay que sumar sus 13 récords mundiales. Unos registros
brutales para un nadador de 100 kilos de peso al que no le apasionaba su
deporte, y que no abandonó antes por un talento natural incomparable y una
deuda pendiente, que saldaría con creces. En su distancia favorita,
ante el adversario que le había hecho claudicar en su país natal.
Dos años antes de su retirada, nos
regalaría la carrera de la que hablamos al principio del artículo y la que nos
referimos en la parte final del párrafo anterior, con tres mitos de la
natación. Una carrera atípica, en una piscina al aire libre. Con Thorpe
buscando sacarse la espina de Sydney, donde Van den Hoogeband le había batido
contra todo pronóstico y ante su público, y con un Phelps que ganaría 6 oros en
la cita olímpica (a los que habría que sumar 2 bronces).
La carrera del siglo.
Sobre la distancia más importante de la natación: 200 metros. No es un sprint,
no es una prueba de fondo. Es “la distancia”. Y sobre la misma, tres colosos.
La mejor final de todos los tiempos. Récord olímpico (Thorpe). Récord americano (Phelps). Una
prueba que, tres años antes, pudo perder a su vencedor.
Jacobo Correa (@JacoCorrea en twitter).


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